El tema de la Educación Privada en México, a mi juicio, es una realidad muy amplia y compleja, difícil de abordar de forma seria en pocas líneas. Sin embargo, compartiré una reflexión sobre este tema, iniciando por una breve síntesis histórica para ubicar el tema en su contexto.
La época prehispánica
Como una forma de introducción y estableciendo los orígenes
educación, se abordará primeramente el sistema educativo mexica, que, según López
Austin
(1985), se constituía de la siguiente forma:
“La cultura mexica es conocida por ser una de las culturas mesoamericanas más organizadas y estrictas, en este sentido, la educación era una de las actividades primordiales, por lo que las personas desde temprana edad eran designadas por sus padres a las diferentes instituciones educativas existentes (de acuerdo a su origen, condición social y responsabilidades futuras) con la intención que los niños aprendieran a ser disciplinados desde pequeños para convertirse en buenos ciudadanos, guerreros, esposos o sacerdotes. En la sociedad mexica, existía la continuidad al linaje y a la especialidad familiar de trabajo, por lo que el desempeño de profesiones comúnmente se transmitía de generación en generación. El sistema educativo mexica que se impartía en el calmécac (hilera de casas) estaba dirigido a educar a los hijos nobles, los cuales estudiarían ciencias, artes y serían educados para ser sacerdotes y ocupar los más altos cargos de gobierno; también se instruía a los niños en escritura, lectura, nociones básicas del movimiento de los astros, medición del tiempo, aritmética, historia, medicina herbolaria, botánica y zoología. Este tipo de educación era sumamente rigurosa y contaba con una disciplina por demás extrema. Existían también las escuelas conocidas como telpochcalli (casa de los jóvenes) ubicadas en cada calpulli (barrio), donde los chicos de clases populares, conocidos como macehuales eran preparados especialmente en actividades militares. Estos niños también recibían enseñanzas religiosas, con fuertes penitencias y castigos, pero en realidad con una disciplina mucho menos severa que la impuesta en los calmécac porque sus responsabilidades futuras no tenían el mismo peso que el de los hijos de los pipiltin (sacerdotes, militares o funcionarios del gobierno)”.
Por otro lado, Torres Septién (2002),
“los mexicas contaban también con una escuela específica para la enseñanza de música, danza, canto y cuestiones estéticas, conocida como cuicacalli (casa del canto), a la que eran enviados tanto niños como niñas que serían dedicados a estos artes y oficios relacionados siempre con cuestiones religiosas. De la escuela femenina o ichpochcalli tenemos pocas referencias, Fray Diego Durán la describe como la casa de doncellas, donde las niñas vivían en constante penitencia, castidad y recogimiento. Básicamente, en la sociedad prehispánica mexica, los padres decidían el futuro de cada uno de sus hijos y la figura de los adultos en general era muy respetada entre los jóvenes, ya que para ellos representaba experiencia, conocimiento y sabiduría. No había un solo niño mexica que no tuviera la obligación de ir a la escuela, la enseñanza se ofrecía a todos los miembros de la sociedad como un derecho y como una obligación comunal que se reforzaba a través de las creencias religiosas. Las escuelas no eran meras instituciones educativas, sino que eran además consideradas templos en donde los niños recibían la protección de los dioses tutelares hasta que salían de ellas para formar sus propias familias. En tiempos de la colonia cuando los llamados preceptores se ocupaban de la educación individual de niños, niñas y jóvenes, la educación privada se limitó a clases particulares en casa”.
La etapa colonial
La educación privada en México se inicia desde
tiempos de la colonia cuando los llamados preceptores[1]
se ocupaban de la educación individual de niños, niñas y jóvenes. Si bien desde los
albores del siglo XVI existió en la Nueva España la preocupación por educar, no
fue sino hasta principios del XVII cuando esta actividad fue normada por el
gremio de maestros y por el Ayuntamiento, de modo que las escuelas de primeras
letras funcionaron bajo la jurisdicción de la corona española. A partir de la expedición de la Corte e Cádiz
en 1812 la vigilancia sobre la educación quedó en manos del Ayuntamiento. Esta
misma distribución de la responsabilidad educativa se continua en las
constituciones estatales del México independiente promulgadas entre 1824 y
1827, lo que supone, por tanto, una larga tradición de vigilancia sobre todos
los aspectos de la vida educativa, incluyendo a las escuelas particulares,
cuyos dueños y clientela se encargaban de cubrir los gastos.
El México independiente
La independencia no interrumpió la continuidad del
proceso de reforma de educativa que promovieron en la Corte de Cádiz, ni
tampoco frenó otros proyectos como la creación de un plan de enseñanza pública
general y la formación de un órgano estatal que centralizara y organizara las
actividades en este ramo. Esto se explica
en tanto que esas tareas estaban encaminadas a dar cohesión y sentido a la
nueva nación y con ello a legitimar su permanencia.
El concepto de educación particular empieza a
adquirir sentido más por razones de pertenencia a un estrato social determinado
que sólo por cuestiones ideológicas. Los
maestros particulares, que daban clases de baile, música o dibujo a domicilio, y
que siempre habían existido, así como los ayos, dedicados a la educación de niños
de la aristocracia dentro de sus propios hogares, hacia 1830 empiezan a abrir
escuelas reforzadas con la llegada de maestros franceses para un alumnado capaz
de sostenerlas, sin recibir ningún subsidio del gobierno. Estos establecimientos se consideraron
entonces como escuelas privadas, en tanto que las de la Compañía Lancasteriana
y las de los conventos y parroquias eran gratuitas y por lo tanto públicas. Esta distinción económica no las excluía de la
vigilancia del Estado, en el sentido de que no podían enseñar nada contrario a
la moral ni a las reglas del gobierno.
En los años del porfiriato la Iglesia y el Estado
mantuvieron la confrontación iniciada en el siglo XIX por el poder sobre la
orientación y la dirección de la educación. Sin embargo, Porfirio Díaz no
pretendía tener al clero por enemigo; por el contrario, buscó su alianza,
aunque sin modificar las leyes de Reforma; al triunfo de los liberales, decidió
seguir una política de condescendencia y tolerancia con la Iglesia que le
permitió alcanzar la paz. Gracias a esta postura del dictador, la
Iglesia se reorganizó y obtuvo los espacios suficientes para intervenir en la
educación.
La paz Porfiriana permitió, en los inicios del siglo XX, el advenimiento de muchos grupos de religiosos y religiosas que abrirán las puertas de sus escuelas para convertirse en las escuelas particulares de mayor prestigio en el país, como: Lasallistas, Jesuitas, Maristas, Salesianos, Religiosas de la Enseñanza, Josefinas, Religiosas del Sagrado Corazón, Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado, Teresianas, Ursulinas, Salesas, Esclavas del Divino Pastor, entre otras.
Estos son los logotipos que distinguen a cada una de las escuelas arriba mencionadas:
Un número muy considerable de escuelas confesionales se abrieron en muy poco tiempo. No existen datos precisos sobre este punto ya que las escuelas no tenían que manifestarse como religiosas o no, y tampoco se hacían encuestas periódicas y confiables. Sin embargo, se puede afirmar que hubo un aumento de la educación privada a finales del porfiriato de escuelas que demostraron tener un gran arraigo en la población.
El México
revolucionario
La Revolución trajo consigo infinidad de cambios en
las instituciones y en la vida general del país. Las escuelas particulares
sufrieron pocos trastornos en los primeros tres años del movimiento, ya que el régimen
maderista fue moderado en su trato con las instituciones educativas y no
intervino en el funcionamiento de las escuelas confesionales.
El año de l9l4 marcó una fecha definitiva en cuanto
a la vida de los colegios particulares, fundamentalmente los católicos. Fue sin duda su año más difícil durante la
etapa revolucionaria. Diferentes facciones, algunas anticlericales, acusaron a
los religiosos, no sin razón, de apoyar al régimen de Victoriano Huerta, por lo
que intensificaron la persecución de sacerdotes y montaron una campaña en
contra de las escuelas que éstos dirigían; la lucha fue enconada, por lo que
muchos planteles cerraron durante algunos años o desaparecieron
definitivamente. Hay quienes aseguran que en ese año "todos los
colegios sufrieron la clausura de sus actividades a mano militar".
Cuando la revolución armada llegó a su fin, el país
entró en un periodo de reconstrucción que no sería fácil. Al quedar Venustiano Carranza como jefe
supremo de la nación convocó el l4 de septiembre de 1916 al Congreso
Constituyente donde presentó un proyecto de Constitución que mantenía muchos de
los principios liberales de la anterior Carta Magna de 1857. El proyecto, de
tendencia conservadora, no agradó a la mayoría parlamentaria, a la que pertenecía
el nuevo sector liberal triunfante en la lucha revolucionaria, el cual más que
un cambio en el aspecto de organización política buscaba una transformación económica
y social.
En materia de educación, el proyecto carrancista
proclamaba que la enseñanza sería laica en establecimientos oficiales, y
gratuita la primaria elemental y superior impartida en ellos.
Este artículo sostenía el laicismo sólo
para las escuelas dependientes del gobierno; las instituciones particulares
quedaban en entera libertad de acción y el Estado no tenía derecho de
intervenir en las políticas educativas de estas. La redacción del artículo educativo, tal y
como lo proponía Carranza, favorecía sin duda a los católicos y a sus escuelas,
pues les permita buenos espacios para su funcionamiento. Este era el texto de dicho artículo:
<Habrá plena libertad de enseñanza, pero será laica la que se dé
en los establecimientos oficiales de educación y gratuita la enseñanza primaria
y elemental que se imparta en los mismos establecimientos>
Sin embargo, la iniciativa no fue aceptada por el
Constituyente, que buscaba un cambio sustancial sobre todo en lo relativo a
cuestiones religiosas; por consiguiente, optó por el proyecto de la comisión
encargada de la redacción del artículo tercero. Esta propuso extender el laicismo a las
escuelas particulares de educación primaria, así como prohibir a miembros de
asociaciones religiosas establecer, dirigir o impartir enseñanza en los
colegios. La nueva reglamentación propuesta recogía algunas de las
disposiciones ya puestas en práctica en artículos constitucionales previos y en
decretos estatales anteriores; con ella el Estado adquiriría control político e
ideológico sobre la educación al tiempo que limitaba la acción del clero en la
materia.
La Constitución afectó jurídica y políticamente el
destino de la Iglesia al adjudicar al Estado el control educativo y de otras
instancias tales como el manejo del estado civil de las personas, la reglamentación
del culto público y la secularización de los hospitales y cementerios. El Estado trataba a la Iglesia como una institución
política, y no daba validez a su función religiosa, lo que esta última no
estaba dispuesta a aceptar. Ante el
menoscabo de su acción participativa, la Iglesia como contendiente por el poder
se alió a un grupo social integrado por católicos militantes, pertenecientes a
las esferas de profesionistas e intelectuales de las clases media y alta y
juntos lucharon por recuperar el poder y los privilegios perdidos.
La libertad de enseñanza entendida a la manera
constitucionalista (educación laica), en torno de la cual se dieron las mayores
disputas, fue la manera como el Estado ejerció democráticamente un
fuerte control ideológico, aniquilando a uno de los contendientes por el poder
educativo. La orientación revolucionaria de la educación debería impedir la penetración
de las ideas religiosas. Los
constituyentes pensaban que con el artículo tercero destruirían a la escuela católica,
ese elemento tan importante para mantener vivo el espíritu de la Iglesia. El texto que se votó se orientó hacia la destrucción
de aquello que los revolucionarios consideraron el instrumento privilegiado de
la Iglesia para el mantenimiento de su empresa sobre los espíritus: la escuela católica. En estos términos, el
texto del artículo educativo impediría al clero tomar de nuevo la avanzada. El artículo propuesto por los revolucionarios
quedó en los siguientes términos:
<La enseñanza es libre: pero será laica la que se de en los establecimientos
oficiales de educación, lo mismo que la enseñanza primaria, elemental y
superior, que se imparta en establecimientos particulares. Ninguna corporación religiosa, ni ministro de
algún culto podrá establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria. Las escuelas primarias particulares sólo podrán
establecerse sujetándose a la vigilancia oficial. En los establecimientos oficiales se impartirá
gratuitamente la enseñanza primaria>
La Iglesia, jurídicamente incapacitada para evitar
esta decisión amparada en conceptos supuestamente democráticos y legales, se
encontró ante una situación de subordinación y desventaja a la que tuvo que
enfrentar para mantenerse vigente en el terreno educativo. Afortunadamente para
la Iglesia, el Estado dejó un reducto por donde pudo continuar su obra
educativa. El artículo tercero no limitó la participación de los miembros de
sociedades religiosas en su calidad de maestros. La única prohibición consistió en que
corporaciones o ministros religiosos dirigieran o establecieran instituciones
educativas. Sin embargo, esto último podía ser solucionado mediante ingeniosas
maniobras, tales como crear sociedades de carácter civil para acreditar la
procedencia de las órdenes.
En la Constitución de 1917 el Estado ratificó el
compromiso de otorgar educación primaria a todos los niños mexicanos, y de esta
forma refrendó su papel como rector absoluto y proveedor de la educación. Sin embargo, continuaba abierta la posibilidad
negociada de la existencia de escuelas particulares.
Las protestas en contra del artículo tercero fueron
inmediatas. Se formaron asociaciones y
organismos que tuvieron como fin luchar por conseguir un control ideológico que
contrarrestara al del Estado. La literatura
de la época en contra del artículo tercero es muy abundante. Intelectuales católicos
y conservadores se abocaron a la publicación de numerosos ensayos, artículos y
todo tipo de impresos para refutar la ilicitud del ordenamiento. Con este fin se esgrimieron varios argumentos,
desde los de carácter legal hasta los religiosos. Obviamente, los primeros en protestar fueron
los miembros del clero. 19 días después de promulgada la Constitución, desde el
exilio, y a través del arzobispo de México, José Mora y del Ro, y de los
obispos de Michoacán, Durango, Sinaloa, Tulancingo, Campeche, Chiapas, Yucatán,
Tamaulipas, Aguascalientes, Saltillo, Querétaro, y Sonora manifestaron su
protesta ante los pueblos civilizados de la tierra y exhortaron a la
lucha por la libertad de la enseñanza primaria, secundaria y profesional. Rechazaron la autoridad ilimitada del Estado
en la educación y consideraron que su participación debía restringirse a
comprobar la suficiencia y eficiencia de los maestros, sin atacar las creencias
religiosas.
La organización más importante que se constituyó
con el fin de impugnar el artículo 3°, fue la Unión Nacional de Padres de
Familia, que reconocía obediencia absoluta a las autoridades eclesiásticas,
con quienes mantuvo ligas muy estrechas, aunque no manifiestas; posteriormente defendería
una postura mucho más radical que aquéllas. La Unión se convertiría entonces en la
abanderada de la defensa de los derechos de los colegios particulares,
sobre todo de los católicos.
El único medio con que contaban los católicos para
mantener su lugar dentro de la educación nacional y para luchar en contra del
laicismo oficial eran las escuelas particulares, donde podían continuar con un
proselitismo constante en materia religiosa; por ello no cedieron en sus
demandas, aun a pesar de los constantes embates que recibieron.
En la práctica el artículo tercero no se aplicó a
la letra, ya que hubo tolerancia hacia las escuelas confesionales, tanto en el
gobierno de Venustiano Carranza como en el de Adolfo de la Huerta y aún con Álvaro
Obregón. No obstante, era sabido que en
cualquier momento podía ponerse en práctica.
Por ello, continuaron las protestas y las
organizaciones reivindicadoras de la libertad de enseñanza fueron haciéndose
cada día más fuertes. Una de las constantes fue la Liga de Estudiantes Católicos
(fundada en l9ll), y que posteriormente sería parte de la Asociación Católica
de la Juventud Mexicana (ACJM). Esta organización
surgió como reacción al estado de relajamiento social resultante de la exclusión
de Dios de las leyes, que había propiciado el positivismo; el fin de la asociación
no es otro que la coordinación de las fuerzas vivas de la juventud católica
mexicana, para restaurar el orden social cristiano en México.
Para l9l9 la ACJM asumió la tarea de organizar a
todos los habitantes del país para que protestaran hasta alcanzar la derogación
de los artículos 3° y l30° de la Constitución.
Los gobiernos postrevolucionarios fueron
condescendientes con el funcionamiento de las escuelas particulares, aun con
las confesionales. José Vasconcelos, secretario de Educación del presidente Álvaro
Obregón, apoyó la creación de todo tipo de colegios sin importar su credo. Para el Secretario, la competencia entre las
escuelas públicas y privadas debía establecerse en el terreno de la calidad y
no en el contenido ideológico; consideraba que, debido a las precarias
condiciones económicas del país, no se podían despreciar los pocos recursos
disponibles.
Obregón, más radical, se apegó a los principios
constitucionales; sin embargo, no deseaba crear un conflicto directo con la
Iglesia, por lo que no ejerció ninguna presión efectiva para que la Constitución
fuera obedecida en este respecto; así evitó reavivar los problemas apenas
superados. Uno de los pasos de Obregón
hacia la consecución de la unidad educativa, fue su asentimiento para la creación
de la Secretaría de Educación Pública en 1921, con la cual la educación cristalizaría
algunos de los ideales revolucionarios y se convertiría, con suerte, en vínculo
de unidad nacional, la cual, en las condiciones en que se encontraba el país,
era prácticamente imposible. De ahí que
se permitiera la coexistencia de un sistema escolar público y otro privado. Obregón afirmaba no
ignorar la existencia de la escuela católica, cuya misión es inculcar ideologías
antigobiernistas y anti revolucionarias, pero a su vez coincidía con
Vasconcelos en considerar la incapacidad económica del Estado para dar solución
a toda la demanda educativa, por lo que era mejor proporcionar alguna educación
(aunque sectaria), que ninguna.
Los establecimientos confesionales no estaban
dispuestos a claudicar en sus esfuerzos catequizadores, por lo que únicamente
modificaron su apariencia externa. Para
ello, la mayoría tomó precauciones con el fin de evitar molestias por las
autoridades; eliminaron de las aulas imágenes, catecismos, libros y medallas;
los religiosos cambiaron el aspecto exterior de su vestimenta, y el nombre de
sus establecimientos.
En la actuación de las autoridades educativas se observó
en general, un espíritu de moderación y objetividad frente al problema, lo que
hizo posible una coexistencia pacífica de éstas con los colegios que, aun
contraviniendo la ley, siguieron funcionando. En general, las escuelas
confesionales reabrieron sus puertas y pudieron crecer, aunque no siempre en
sus mismos locales.
La postura pasiva del Estado no satisfizo las
ambiciones de la Iglesia, que no se resignó a ver limitada su influencia en el
campo educativo; su posición se hizo más beligerante da a día, con lo que
demostraba que estaba dispuesta a recuperar el terreno perdido ante el Estado.
La Iglesia sumó sus fuerzas y fortaleció sus
agrupaciones. Entre las más interesadas por obtener reivindicaciones educativas
destacó la Unión Popular de Jalisco (1924), con su objetivo principal de luchar
contra el laicismo. En l926 el padre
Bernardo Bergoend, de origen francés y fundador de la Asociación Católica de la
Juventud Mexicana, propuso la creación de la Liga Cívica de la Defensa
Religiosa, grupo que incorporó en sus filas a un gran número de organizaciones católicas
durante la guerra cristera. Esta organización,
que no tendría las características de un partido político, defendería "los
derechos reconocidos universalmente a la Iglesia y la libertad de enseñanza
negada en el artículo 3° Constitucional". El discurso constante de las
organizaciones católicas hizo ver a la educación pública como una institución intrínsecamente
perversa, cuyo objetivo no era otro que deformar las conciencias de la niñez.
El conflicto educativo entre Iglesia y Estado
durante el periodo del presidente Plutarco Elias Calles de hecho se fragmentó
en tiempos y demandas distintas, aunque la Iglesia lo define como uno solo. Durante más de una década se habló de persecución,
se palpó el endurecimiento en la exigencia del cumplimiento constitucional de educación
laica, y se legisló abundantemente en torno a la reglamentación del artículo
educativo.
Sin duda, este enfrentamiento se vinculó también a
una crisis política. Una forma de
obtener mayor control era a través de la escuela. La educación en el proyecto callista tenía un
objetivo bien definido: coadyuvar al progreso y desarrollo económico. La idea que subyacía a todo este entramado se
cimentaba en la modernización que no era compatible con las ideas
tradicionalistas de la Iglesia. Por
ello, la educación pública intentó violentamente trasmitir a los niños
lealtades nuevas o simplemente distintas de las que alimentaba la religión católica.
La guerra cristera y las múltiples
trabas impuestas a la educación particular crearon un clima de persecución que
duró por varios años. Fue la etapa de
clandestinidad para las escuelas particulares.
Las nuevas leyes callistas que limitaron aún más la
acción de las escuelas particulares y amenazaba con hacer, ahora sí, efectiva
la ley. Los efectos de estas leyes en el
ámbito escolar fueron serios. La jerarquía
impuso prohibiciones a los padres de familia para que enviaran a sus hijos a
establecimientos laicos. Muchas escuelas
cerraron, sobre todo en regiones donde el problema fue más agudo como en
Jalisco, Michoacán y Guanajuato. Las estadísticas de esos años señalan una disminución
de planteles particulares contra los cuales se desató una verdadera persecución,
mismo que sufrieron una gran deserción escolar. Los maestros religiosos vivieron años de
constante sobresalto. Las visitas de
inspectores oficiales fueron cada vez más frecuentes y efectivamente sufrieron
arrestos y clausuras. Un cronista llega
a decir que en julio de 1926 se cerraron todos los colegios católicos en la
ciudad de México, lo que da idea del impacto de estas medidas en la educación
particular.
En los años del Maximato (1928 – 1934) las ideas
socialistas cundieron entre varios sectores. El tema educativo siguió siendo motivo de gran
efervescencia ideológica y la idea de implantar un socialismo educativo se topó
con un grupo contestatario que lucharía denodadamente en contra de esta disposición
que finalmente se formalizó modificando el artículo 3° en 1934, mismo que
implantó la educación socialista. Otro
problema de igual magnitud fue la idea de ofrecer un curso de educación sexual
en las escuelas, idea que enojó sobre todo a padres de familia que la
consideraban innecesaria y peligrosa, y cuestionaron la capacidad del
Estado para impartirla. El asunto llegó
a tales extremos que provocó la renuncia del Secretario de Educación, Narciso
Bassols. Tanto el socialismo
educativo como la educación sexual se entendieron como acciones del gobierno
para terminar con la tradición, con la Iglesia católica y con el derecho de
educar de los padres de familia. Este
proceso tuvo implicaciones sociales y religiosas que conmovieron profundamente
la vida, tanto de las escuelas particulares, como del ámbito cotidiano.
La postura de los católicos fue la de no ceder ante
las presiones del Estado, por lo que aun en los años de la persecución más
terrible abrieron grupos que trabajaron sin autorización legal. Estos grupos fueron células educativas que
continuaron con su tradición religiosa y se negaron a poner en práctica los
programas y principios socialistas. Recibieron
varios nombres como grupos escolares clandestinos, escuelas hogar,
centros hogar y operación escuela. Según un cálculo de la época
en 1935 unos 25 000 niños del Distrito Federal recibieron educación en estos
grupos.
En el lapso de 1938 – 1940 se inició una etapa de reconciliación
que favoreció al sistema privado de educación; en estos años se inició el período
que se conoce como de unidad nacional. La Iglesia prefirió mantener buenas relaciones
y aceptar los logros que hasta entonces había obtenido, en lugar de sostener
una lucha desgastante y estéril. No así
la Unión Nacional de Padres de Familia, más radical o menos política que la
misma Iglesia, quien mantuvo una posición combativa en todo momento y que enfocó
todas sus baterías para lograr la modificación del artículo 3°, misma que se
logró en diciembre de 1946, y cuya redacción está vigente hasta la fecha.
El crecimiento de la población escolar rebasó para
entonces la posibilidad estatal de cubrir la demanda educativa. Por ello, era lógico que el Estado impulsara
el funcionamiento de las escuelas sostenidas por particulares, las cuales
proliferaron en las grandes ciudades. La
iniciativa privada accedió a cooperar con la educación siempre y cuando se
llegara a un acuerdo con los grupos religiosos y se respetara el derecho de los
padres de familia para elegir el tipo de educación que recibirían sus hijos.
Hacia finales de la década de los sesenta el Estado
era ya la fuerza hegemónica en la educación tras otro pacto no explicito
con las instituciones educativas y la Iglesia. El presidente Adolfo López Mateos en 1958
anuncio la puesta en marcha de una reforma escolar que culminaría con lo que se
conoce como Plan de once años, primer esfuerzo de planificación
educativa en México para incorporar a todos los niños mexicanos a la escuela. Por esos años, surgen otras escuelas privadas
católicas, que a la postre sean convertido en las más influyentes y poderosas
del país: Opus Dei y la Legión de Cristo; basadas en una política estado – religión
que los ha llevado, junto a los Lasallistas y Jesuitas a ocupar puestos de las más altas
esferas dentro de la política mexicana. El punto culminante de este
Plan fue la idea de editar y distribuir libros de texto para todos los niños de
la primaria, con el objeto de hacerla más democrática y que fuera efectivamente
gratuita. El texto gratuito se convirtió
en obligatorio, y la discusión que esto provocó alcanzó niveles alarmantes,
sobre todo en las escuelas particulares.
La Unión Nacional de Padres de Familia encabezó la oposición
a esta iniciativa, a la que se unieron otros grupos afines. Los particulares no lograron alterar las
posturas y decisiones gubernamentales al respecto, ya que el Estado mexicano
logró imponer su uso obligatorio, mediante una posición de tolerancia con los
particulares, de manera que fue posible el que se le utilizara como texto
complementario. en las escuelas particulares, muchas de las cuales lo tenían,
pero no lo utilizaban.
Los cambios que se dieron en la Iglesia postconciliar
tuvieron importantes repercusiones en el campo de la educación católica, al
abrirse a posiciones más democráticas. La
Iglesia reafirmaba su misión específica de promover la educación cristiana
entre todos sus fieles. Consideraba su incuestionable
derecho de abrir escuelas precisamente en cuanto que es servidora de todos los
hombres.
En efecto, algunos sectores de la Iglesia como los Jesuitas
siguieron considerando prioritaria a la escuela, pero no como había funcionado
hasta entonces. Se manifestó la
necesidad de una renovación total y profunda para dejar de perpetuar
y consolidar estructuras injustas. Se pretendía, por el contrario, que la educación
católica fuera uno de los mejores medios para transformarlas. Esto llevó a un cuestionamiento muy serio
sobre la función de las escuelas confesionales, y del papel que estas jugaban
como reproductoras de un sistema social injusto.
Los años que van desde la aparición de los libros
de texto gratuito hasta su reforma en 1973 coinciden con el periodo conocido
como del desarrollo estabilizador caracterizado por un acelerado
crecimiento de la economía, baja inflación y una gran estabilidad económica, basándose
en los sectores agropecuario, industrial y turístico. El presidente Gustavo Díaz Ordaz enfrentó los
problemas provocados por la política del palo y la torta la cual venía
ejerciendo la represión institucionalizada que desembocó en el penoso
movimiento estudiantil del 68. El
sistema educativo era uno de los más deteriorados al final del movimiento. La reforma educativa fue, una de las demandas
que se hicieron al gobierno, misma que puso en práctica Luis Echeverria entre
cuyas objetivos estaba el de trasformar la economía, las artes y la cultura a través
de la modernización de las mentalidades. En 1973 se expidió la Ley Federal de Educación
que en su artículo quinto estipulaba que el Estado conservaba el derecho de
autorizar a los particulares la facultad de impartir educación; para este
momento ya no hubo impugnaciones de la Iglesia, sino más bien alababa los
esfuerzos de las autoridades educativas de los últimos años. Aunque la Iglesia siguió considerando
prioritaria a la escuela, manifestó la necesidad de una renovación total y
profunda que hiciera posible una sociedad menos desigual.
Como resultado de la reforma educativa, en l973
vieron la luz nuevas versiones del libro de texto gratuito que volvieron a
suscitar el debate. Esta vez no se
cuestionó su existencia. El tenor de la discusión
se centró en los contenidos de algunos volúmenes de ciencias sociales y
ciencias naturales. Lo que preocupó en
gran medida a la Unión Nacional de Padres de Familia fueron algunas posturas
que contenían una ideología tendenciosa, socializante... tendiente a
desembocar en un comunismo ateo. En
cuanto a la educación sexual se manifestaron en contra de que el sexo se viera únicamente
a través del prisma biológico y no se considerara el aspecto moral. En la praxis el
Episcopado consideró más importante realizar una labor callada más efectiva y
realizó dos jornadas de educación sexual, que finalmente no impactaron en los
textos.
La etapa que va hasta finales de los ochenta es una
época de relativa calma y consolidación de otro tipo particular de escuelas. Desde fines del siglo XIX se fundaron algunas
escuelas para extranjeros como el Colegio Americano en 1888, Colegio Alemán en
1892 y hacia mediados del siglo XX otros como el Liceo Franco Mexicano, El
Colegio Israelita, los españoles fundados a raíz de la Guerra Civil Española
como el Luis Vives, el colegio Madrid y más recientemente el Liceo Mexicano Japonés,
y el Lancaster School.
Cada una de estas instituciones tiene características
propias y cada una de ellas es digna de una historia. Ciertamente tienen en común características
similares: la mayoría de estos colegios se crearon con la intención de
perpetuar valores de la comunidad que representan, a la vez que de aglutinar a
la comunidad en torno de un grupo con una lengua y objetivos propios. El contenido de cada colegio se apega
estrictamente, y en ocasiones sobrepasa, a las exigencias de las instituciones
educativas mexicanas. La disciplina también
puede ser similar. No obstante, cada una
transmite a sus alumnos una concepción propia de la vida.
Algunos de ellos como el Colegio Americano tuvo una
influencia decisiva en la educación particular mexicana a partir de la década
de los treinta en que se formaron un gran número de escuelas americanas y bilingües
en el país. Ante la demanda escolar de
escuelas bilingües, egresados del colegio o antiguos profesores decidieron
abrir escuelas, haciendo hincapié en el idioma extranjero y poniendo en práctica
los programas de Estados Unidos. Sus
colegiaturas son de las más altas del país y educan a sectores privilegiados de
la sociedad.
La mayoría de estas escuelas se declaran
instituciones no lucrativas, laicas y mixtas. En general, su metodología tiene fundamentos
similares. Siguen los dos programas de
estudios, el de español y el de inglés, utilizan libros de texto en español
complementarios de los libros de texto gratuitos, y para el inglés emplean
textos importados de Estados Unidos que son cambiados periódicamente de acuerdo
con la evolución de los programas de ese país (entre tres y cinco años). En algunos casos, pertenecen a organizaciones
educativas estadounidenses que los guían, como el Departamento de la Escuelas
del Estado de Texas o tienen nexos con las escuelas públicas de Carmel,
California o la Universidad de Alabama.
Uno de los primeros planteles creados por
refugiados españoles fue el Instituto Hispano – Mexicano, Juan Ruiz de Alarcón
(1939), que se creó con fondos mexicanos proporcionados por el gobierno de Lázaro
Cárdenas y fue un caso excepcional en que el Estado ayudó a un colegio
particular. Otros colegios españoles de
larga vida son el Instituto Luis Vives, y el Colegio Madrid en la ciudad de México,
pero también existieron otros en Córdoba, Veracruz, Tampico, Tamaulipas., Torreón,
Coahuila, que también abrieron gracias a la colaboración de diferentes
organismos de ayuda a los refugiados. Los
emigrados españoles estuvieron orgullosos de sus instituciones educativas. Sin embargo, las primera generaciones
egresadas de esas escuelas entraron en conflictos internos la de estar y no
estar, la de ser y no ser mexicanos: la de ser y no ser españoles . Con el
paso de los años se fueron asimilando sin problema, sobre todo al convivir con
los mexicanos que también ingresaron a esas escuelas atraídos por su sistema
liberal y su alto rango académico.
En 1927 se fundó el Colegio Israelita de México con
un programa que hacía hincapié en el idioma y la literatura idish, además del
de la SEP. Fue la primera institución
educativa de la comunidad askenazí que impartía cursos en idish, hebreo e inglés.
El Colegio Hebreo Tarbut fue fundado en
1942 por la Organización Sionista de México, que no comulgaba con las ideas de
los fundadores del Israelita. A raíz de
la Segunda Guerra Mundial y del holocausto se fundaron otros colegios: la Escuela
Israelita Yavné, el Colegio Hebreo Monte Sinaí, el Instituto Albert Einstein,
el Taller Educativo Montessori Beit Hevaladin y el Centro Educativo Maguen
David que muestran la pluralidad de posturas de este pueblo. Debido a su cultura y creencias religiosas
hacia dentro de su comunidad es difícil creer que sus alumnos se integren a la
sociedad donde residen. En general la
comunidad judía envía a sus hijos a realizar estudios superiores, a Israel,
Europa o los Estados Unidos.
Existen también escuelas para sectas protestantes
como los mormones y una gran variedad de otras que muestran modelos
particulares muy especificos como las Montessori, las activas, etcétera.
La educación privada o particular es un conjunto
heterogéneo de escuelas, que comparadas con el total nacional, nunca más del
10% del total, han ejercido una influencia considerable sobre todo en la formación
de ciertos sectores sociales. Esto se
hizo patente en la labor desempeñada por la escuela católica que sin duda logró,
cuando menos hasta la década de los setenta, mantener a través de sus colegio
la cultura, la tradición y los valores de la Iglesia católica.
Enclavadas en un sistema impuesto por el Estado, su
gran diferencia fue la posibilidad de desempeñarse con bastante autonomía en
sus principios, valores, métodos y funcionamiento, sobre todo en cuanto a la enseñanza
de la religión a pesar de la legislación adversa y las constantes restricciones
impuestas. Encontramos en ellas características
particulares motivadas por diversos factores, sobre todo de índole económica e
ideológica que les adjudicaron ciertas ventajas si las comparamos con los
planteles pertenecientes al sistema oficial. Las escuelas privadas se
distinguieron, sobre todo las dirigidas a los sectores económicos privilegiados,
por desarrollar métodos educativos autónomos, en ocasiones comunes a un grupo
de ellas, en otras enteramente propios.
Si bien la educación particular, tal y como se
entiende en la actualidad, ha sido un fenómeno constante y de desarrollo
sostenido, no se puede afirmar que sus condiciones no hayan variado.
A la fecha encontramos otros grupos que retomaron
el interés por transmitir los mismos valores cristianos, que han vuelto sus
ojos hacia la más tradicional de las posturas católicas, y que han ocupado el
lugar dejado por los institutos religiosos en la educación: los principales son
los Legionarios de Cristo (ahora llamado Regnum Christi) y los del Opus Dei que se identifican con las
posturas de la derecha católica. Estos
grupos se han dedicado a la captación de los sectores económicamente más
poderosos, ligados a las esferas del poder, para dirigir la educación de sus
hijos. La Red de Universidades Anáhuac y la Red de Colegios Semper Altius pertenecen al Regnum Christi, La Universidad Panamericana y la Red de Colegios Cedros es parte del Opus Dei; aquí sus logotipos.
Los últimos años son testigos de cambios importantes en la legislación concerniente a las relaciones Iglesia y Estado, que implican necesariamente una correspondencia con la educación privada confesional. El articulo 3°constitucional, fuente de la mayor parte de las discusiones en el debate educativo en el siglo XX, fue modificado en 1992, en términos de limar las inquietudes de los grupos conservadores dando fin a la disputa por la educación.
La lucha, entre una visión unitaria que se
justificaba en aras de lograr la unidad nacional, llegó a carecer de sentido
ante la realidad del México actual, fragmentada y efervescente. El resultado ha
sido una apertura hacia grupos religiosos y culturales en la escena educativa
nacional que ya no se percibe como amenaza para el Estado, sino como signo de
la necesaria modernización de la sociedad mexicana y del nuevo modelo educativo
y en la que, sin duda, los particulares han sido los grandes vencedores.
Red de Colegios Semper Altius
Somos una red de colegios católicos privados y
bilingües que estamos en más de 19 países alrededor del mundo; nuestra misión
es formar personas integras lideres cristianos que renueven la sociedad. Pertenecemos al Regnum Christi, como una
realidad de la iglesia católica; en México existen 56 colegios (Bambolino,
preescolar, primaria, secundaria y bachillerato) y 18 Prepas Anáhuac; tenemos
una historia de más de 65 años, que se ve reflejada en nuestro modelo educativo
y pedagógico, para lograr el sello Semper Altius.
Video: Modelo Educativo y Pedagógico de la Red de Colegios Semper Altius
Bibliografía y Referencias
Altius, R. D. C. S. (2021, 21
junio). Modelo Educativo y Pedagógico de la Red de Colegios Semper Altius
[Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=vLH-xPQkP0s&feature=youtu.be
Altius, R. D. C. S. (2021b,
octubre 22). Sello Semper Altius [Vídeo]. YouTube.
https://www.youtube.com/watch?v=vNuwLykqTec&feature=youtu.be
Díaz Coria Aguilar, E. (2022). La
educación privada: un peso pesado en el sistema educativo nacional. Disponible
en: https://www.eleconomista.com.mx/politica/La-educacion-privada-un-peso-pesado-en-el-sistema-educativo-nacional-20200822-0014.html
Ildefonso, C. D. S. (2018, 12
julio). Conferencia: La educación privada en México del siglo XX
[Vídeo]. YouTube.
https://www.youtube.com/watch?v=hRFpK8lb_uQ&feature=youtu.be
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La
educación privada en México I. Disponible en: https://institutomigueldecervantes.com.mx/category/educacion/
López Austin, A (1985). Educación Mexica, Antología de
Documentos Sahaguntinos. [Instituto de Investigaciones Antropológicas]. Distrito
Federal, México: UNAM.
Torres Septién, V. (2002). Educación Privada en México,
Diccionario de Historia de la Educación en México. Distrito Federal, México: UNAM. Disponible
en: http://biblioweb.tic.unam.mx/diccionario/htm/articulos/sec_20.htm
[1]
El término
preceptor surge en la Grecia Antigua asociado a quienes ofrecían enseñanza
apropiada para el ejercicio de la ciudadanía y cargos de gobierno. En Roma, el grupo de los patricios pagaba a
maestros o preceptores a quienes encargaban la primera instrucción de los niños.
El estudio rastrea la génesis del preceptor. Su sentido etimológico
originario remite a quien, con sus preceptos, con sus máximas, con su ciencia,
atrae a la juventud, la capta, se hace dueño de ella.
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